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18 de mayo de 2011

Si está para tí, esta para tí

“Si está para ti, está para ti”. Tenemos que aceptar que todos hemos escuchado esta frase (que no dice nada, pero que dice mucho) por lo menos más de cinco veces en nuestras vidas. Pues resulta que recibí una inesperada llamada telefónica, en la que me ofrecieron una entrevista de trabajo para una vacante en un atractivo lugar, escribiendo. En el preciso instante que dije: "Sí, me interesa", todo comenzó a complicarse.

Para los que no me conocen, soy ama de casa, ocasionalmente trabajo en mi tesis (lo que admito está muy mal de mi parte) y generalmente escribo artículos que publican en varios periódicos, junto con algunas colaboraciones que hago para mis amigos, compañeros y colegas escritores.
Así me gano una parte de la vida. La otra parte me la gano haciendo "relaciones públicas" para mi esposo, planchándole la ropa, cocinándole, recortándolo, manteniendo su área de reposo limpia, acompañándolo al parque, etc. Algunos pensarán que es un trabajo fuerte y tedioso, pero no me puedo quejar de los beneficios marginales que obtengo.

En mi caso, las tareas del hogar me estresan demasiado. Quiero que todo esté limpio y en su lugar siempre. Cocino todos los días para mi familia, tengo un adolescente difícil, un bebe súper activo, un esposo que trabaja mucho para que no falte nada y poco tiempo para mí . Hace poco, caí en un estrés que me estaba matando. Había llenado la solicitud de graduación de mi Maestría y por no terminar la tesis a tiempo, no pude graduarme.

Decidimos buscar un cuido para el chiquitín ya que así le quitaríamos “El Engreimiento” (tema para otra columna), yo tendría tiempo para mí y tiempo para mi tesis. Hasta la fecha todo va de maravilla y estamos fascinados con el trabajo de quien lo cuida. Rápido que comenzó, la persona que lo cuida me comentó que el viernes próximo era el día de logros de su hijita y no estaría disponible. “Perfecto, gracias por avisarme con tiempo, ese día lo vacuno”, dije yo.

Dos días antes de ese viernes que no habrá cuido, recibí la llamada que comenté al inicio. Cuando dije que me interesaba, me dijeron: “La entrevista será el viernes a las 10 am”. Inmediatamente pensé en mi suegra. Aunque ella cuida tres nietos, al mío no lo ve mucho y casi nunca se niega. Además, solo será un ratito. “Ven sin prisa por si te hacemos una prueba redactando”, añadió. Entonces recordé que comienzan los playoffs de mi esposo en Lajas y pudiera ser que me lo pierda lanzando. “Olvide decirte, es importante que traigas tus publicaciones y los trabajos que hayas hecho”.

Ahora si es verdad. Con el afán de tener la casa limpia y recogida, no me gusta guardar cosas que no voy a usar, la computadora que tengo es nueva y perdí el 80% de mis escritos cuando se dañó la que tenía. ¿Qué pasó con el 20% restante? Pues lo estoy buscando. De algunos cuatro años aproximados que llevo escribiendo, hasta ahora tengo: tres noticias de periódicos que fueron publicadas este año, un artículo del 2008 y este Blog. Si el trabajo fuera de columnista (que no lo es), sería un gran punto a mi favor.

En fin: “Si está para mí, esta para mí”. Mientras, seguiré buscando porque sinceramente, quiero que esté. Deséenme suerte.


Con amor,
Sheila Pérez de Carnevale

6 de mayo de 2011

Mi madre...

Mi madre fue una mujer sabia. Cuando joven, fue estilista, rubia y fanática de los postizos en el pelo. ¿A quién les recuerda? Pues debo decir que cualquier parecido no es pura coincidencia. Tal parece que la bichería se lleva en la sangre. Era delgada, bonita y con dos buenas razones en el pecho para usar el escote que le diera la gana. Las dos buenas razones se las heredo a mi hermana mayor, olvidándose de mí despiadadamente.

Recuerdo que cuando tuve 10 años, mi madre se hizo una cirugía estética en el pecho porque le pesaban. Se redujo el tamaño por salud, pero, se las levantó y se las puso redonditas “para aprovechar el viaje”. ¡Que atrevida! Para el 1990, eso era algo que no estaba en moda. En el 1991 fuimos a Disney por primera vez y me perdí. Recuerdo que cuando apreció mi familia, mi mamá y yo corrimos a toda prisa para abrasarnos. ¡Que alivio me dio sentirla! Las lágrimas no faltaron y el regaño de mi papá tampoco. Mi padre era la autoridad y mi madre, nos consentía en todo (sabiamente).

Cuando cumplí 11 años, mi padre le ofreció a mi mamá el puesto de ama de casa con mesada semanal. Ahora tenía tiempo para su esposo e hijas. Los sábados eran de shopping, los domingos de familia con ‘Canciones Inolvidables’ y el resto de la semana para estudiar y practicar voleibol. Que tiempos aquellos.

El tiempo pasó, crecimos y seguíamos cultivando recuerdos. A los dieciséis quedé embarazada. Les di a mis padres el peor dolor de cabeza que puedan imaginarse pero ese dolor de cabeza vino acompañado de una felicidad que (aunque tratara) no podría transmitirles. Nació el primer nieto. El hijo varón que no procrearon. Literalmente, mi madre fue quien lo crió sus primeros años, pues me faltaba por crecer. Ese niño fue la luz de sus ojos hasta el día que se murió. Que mucho nos amó mi madre y que mucho nos enseñó. Recuerdo que cuando me gradué del Bachillerato, con lagrimas en los ojos dijo: "Estoy orgullosa de tí".

Me enseñó que hay que ahorrar (cosa que no aprendí) y me acostumbró a ir de shopping una vez a la semana (mínimo). Me enseñó a usar cartera, me enseñó a peinarme y a hacerme el ‘dubby’ con estilo y perfección, me enseñó que la mejor forma de bailar es sonriendo, que cuando servimos la comida del hogar, la del esposo es primero. Que la casa debe estar limpia, que la comida se hace temprano, que la ropa se lava los jueves para tener el fin de semana libre y muchas cosas más. Me enseñó que un “CARAJO” bien dicho mueve montañas y también me enseñó a ser madre, sin dejar de ser mujer.

Su mejor enseñanza fue que el mejor color de lápiz labial, es el rojo. Ahora que no está me doy cuenta que durante toda la vida me educó e impartió enseñanzas que utilizo ahora que no la tengo. Extrañar es echar de menos a alguien o algo, sentir su falta (rae.es). Nunca estamos listos para decir: “Adiós”, y por eso es tan difícil. A veces hay que conformarse con vivir del recuerdo para suprimir el dolor de esa perdida.

Yo recuerdo a mi madre en sus mejores momentos (fueron muchos), trato de no recordar cuando estaba en cama luchando con su enfermedad. Esa es una etapa que voy a archivar en mis recuerdos para usarla cuando la necesite. Nadie puede imaginarse lo mucho que lloro cuando ‘le caen pajitas a la leche’ y no tengo a quien pedir consejo.

Mami:

Tus brazos siempre se abrieron cuando necesité un abrazo. Tu corazón supo comprender cuándo necesité una amiga. Tus ojos sensibles se endurecieron cuando necesité una lección. Tu fuerza y tu amor me han dirigido por la vida y me dieron las alas que necesitaba para volar.

Fuiste la única perdona del mundo que siempre estuvo para mí, de forma incondicional. Si te rechacé, me perdonaste. Si me equivoqué, me acogiste. Si estaba feliz, celebrabas con migo y si estaba triste, no sonreías hasta que me hicieras reír… Fuiste mi amiga incondicional. Gracias.

Con amor,
Sheila Pérez de Carnevale

4 de mayo de 2011

Mi verano de 1988

Jamás olvidaré cuando mi papá nos vendía sueños con una piscina. Mi hermana y yo, éramos unas niñas pequeñas y su promesa nos emocionaba mucho. Así pasaron varios años y adivinen qué...

Fue en el verano del 1988 que estrenamos aquella monumental piscina de 40 pies de largo por 14 pies de ancho y un Jacuzzi en proceso. Para aquel entonces, era algo impresionante, era gigantesca. Para una niña de 7 años, era como ver medio océano en el patio trasero de su casa. No sabíamos nadar muy bien y cuando comenzaron a llenarla, tan pronto el agua hizo el primer bache nos metimos en ella.

Recuerdo que mi madre se iba a trabajar muy temprano en una fábrica de costura y mi padre en su taller de ebanistería que quedaba en los bajos de nuestra casa. Mi hermana y yo veíamos tele y jugábamos sin hacer ruido y con cautela, porque a la primera interrupción que le hiciéramos a papi, nos castigaba. La idea de la piscina, fue perfecta. Nadábamos y él nos velaba desde su taller. Las clases de natación no fueron necesarias porque aprendimos solas y en menos de un día.

Ese primer día en nuestra piscina, entramos a las 8:00 am, luego de un plato de avena y 12 pulgadas de agua, salimos a las 5:00 pm cuando mi madre llegó de su trabajo y nos vio negras como la noche, nadando de esquina a esquina hasta lo hondo (5’ 3”). Por poco infarta. Mi padre no interrumpió su jornada de trabajo para que comiéramos o usáramos “sunblock”, pues tenía que reponer el gasto de la piscina y quedaba mucho por hacer. A nosotras no nos dio hambre y por miedo a que nos sacaran del agua, ni lo interrumpimos.

Había que inaugurar mi pequeño océano y que mejor que un fiestón con la familia, los vecinos, amistades, etc. Dos días antes de la fiesta, llegó mi papá con una chorrera y preparó un tablado en madera para ponerla. No cabíamos en la ropa de la emoción y se formó un ‘bembé’ que ni en las mejores piscinas de los mejores hoteles. Fuimos la sensación del barrio ese verano de 1988. Fue increíble porque para cada día de ese verano y de cada verano tengo una historia con las que podría redactar miles de columnas.

Cuando mi hijo mayor cumplió tres años lo matriculamos en clases de natación por si las moscas. Lo que aprendió, lo aprendió sólo, jugando y divirtiéndose igual que su madre. Mis sobrinas, no tomaron clases de natación y nadan igual que mi hijo. Ahora, muchos años después y recordando historias de ese verano y muchos otros, trato de imaginar cómo será la historia con mi bebito. Igual lo matricularé en natación por si se me escapa un día y llega al océano del patio trasero de su abuelo que colinda con el patio izquierdo de mi casa, sin una verja que limite el acceso.

Para cada verano tengo una historia distinta y que feliz me hace recordarlas. Hoy decidí recordar el primer verano en mi piscina y que feliz me hizo hacerlo. Ya no aguanto las ganas de redactar la historia de mi primer verano en mi nueva casa, con mi antigua piscina.

Con amor,
Sheila Pérez de Carnevale