Jamás olvidaré cuando mi papá nos vendía sueños con una piscina. Mi hermana y yo, éramos unas niñas pequeñas y su promesa nos emocionaba mucho. Así pasaron varios años y adivinen qué...
Fue en el verano del 1988 que estrenamos aquella monumental piscina de 40 pies de largo por 14 pies de ancho y un Jacuzzi en proceso. Para aquel entonces, era algo impresionante, era gigantesca. Para una niña de 7 años, era como ver medio océano en el patio trasero de su casa. No sabíamos nadar muy bien y cuando comenzaron a llenarla, tan pronto el agua hizo el primer bache nos metimos en ella.
Recuerdo que mi madre se iba a trabajar muy temprano en una fábrica de costura y mi padre en su taller de ebanistería que quedaba en los bajos de nuestra casa. Mi hermana y yo veíamos tele y jugábamos sin hacer ruido y con cautela, porque a la primera interrupción que le hiciéramos a papi, nos castigaba. La idea de la piscina, fue perfecta. Nadábamos y él nos velaba desde su taller. Las clases de natación no fueron necesarias porque aprendimos solas y en menos de un día.
Ese primer día en nuestra piscina, entramos a las 8:00 am, luego de un plato de avena y 12 pulgadas de agua, salimos a las 5:00 pm cuando mi madre llegó de su trabajo y nos vio negras como la noche, nadando de esquina a esquina hasta lo hondo (5’ 3”). Por poco infarta. Mi padre no interrumpió su jornada de trabajo para que comiéramos o usáramos “sunblock”, pues tenía que reponer el gasto de la piscina y quedaba mucho por hacer. A nosotras no nos dio hambre y por miedo a que nos sacaran del agua, ni lo interrumpimos.
Había que inaugurar mi pequeño océano y que mejor que un fiestón con la familia, los vecinos, amistades, etc. Dos días antes de la fiesta, llegó mi papá con una chorrera y preparó un tablado en madera para ponerla. No cabíamos en la ropa de la emoción y se formó un ‘bembé’ que ni en las mejores piscinas de los mejores hoteles. Fuimos la sensación del barrio ese verano de 1988. Fue increíble porque para cada día de ese verano y de cada verano tengo una historia con las que podría redactar miles de columnas.
Cuando mi hijo mayor cumplió tres años lo matriculamos en clases de natación por si las moscas. Lo que aprendió, lo aprendió sólo, jugando y divirtiéndose igual que su madre. Mis sobrinas, no tomaron clases de natación y nadan igual que mi hijo. Ahora, muchos años después y recordando historias de ese verano y muchos otros, trato de imaginar cómo será la historia con mi bebito. Igual lo matricularé en natación por si se me escapa un día y llega al océano del patio trasero de su abuelo que colinda con el patio izquierdo de mi casa, sin una verja que limite el acceso.
Para cada verano tengo una historia distinta y que feliz me hace recordarlas. Hoy decidí recordar el primer verano en mi piscina y que feliz me hizo hacerlo. Ya no aguanto las ganas de redactar la historia de mi primer verano en mi nueva casa, con mi antigua piscina.
Con amor,
Sheila Pérez de Carnevale

No hay comentarios:
Publicar un comentario