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23 de febrero de 2012

Que viva la paz... Que viva

Todas las que tenemos hijos sabemos que tenerlos no es tarea fácil. Para las que aun no los tienen, tal vez este escrito les ayude a tener una idea de lo que les espera. No es ningún secreto el hecho de que una vez tienes hijos, jamás vuelves a dormir ocho horas corridas en las noches. Tampoco es secreto que las ojeras se vuelven tu peor enemigo y el ‘concealer’ tu mejor aliado.

Jamás olvidaré el sentimiento de emoción mezclado con susto que sentí cuando quede embarazada de mis dos hijos. Sí, de los dos. Porque aunque el primero vino muy temprano a mi vida, saber que puedes ser madre, (en mi opinión) resulta gratificante bajo cualquier circunstancia. Mi segundo embarazo llegó a los dos meses de haber muerto mi madre. Sí, en pleno luto. Tremendo pésame el que me dio mi marido.

Para mi primer embarazo, lucí radiante, el pelo me creció, las uñas me crecieron y a pesar de las 41 libras que engordé, cuando di a luz, quedé con un cuerpazo que ni les cuento. Para el segundo, la historia cambió, lucí cansada, agotada, el pelo se me cayó, las uñas se me partieron y los vómitos jamás faltaron; sin mencionar las 48 libras que gané acompañadas por una cesárea.

Cuando Kenneth lloraba en las noches, mi mamá llegaba al cuarto en el primer suspiro del muchacho y me decía: “Sigue durmiendo mamita, que mañana tienes clases”. No era para menos, era su primer nieto y el varón que nunca tuvo. Cuando Adrián lloraba en las noches, mi esposo llegó a levantarse las primeras semanas por que entre gordura y cesarea, no podía ni moverme. Ya luego, me daba un codazo y me decía: “Dale la teta y cállalo”.

En fin, cada barriga es distinta, cada hijo es distinto, cada situación es distinta y cada historia también. Kenneth siempre fue un petardo, pero prometo redactar una columna dedicada a sus travesuras, a través de los años. Hoy, hablaremos de Adrián y los terribles dos. Conozco a muchas mamás que están pasando por esta etapa, otras que ya pasaron y otras (como yo) que en breve lo pasarán.

Durante el segundo año de vida, el niño se vuelve más inquieto y su comportamiento resulta imprevisible. Pasa de lo tranquilo y lo dócil, a las travesuras y las perretas. Por eso se habla de los "terribles dos". En realidad el niño está en plena búsqueda de independencia. Dicen, que este es el momento ideal para establecer algunas normas básicas de conducta que le enseñen a distinguir lo que está bien de lo que está mal.

Con su comportamiento rebelde el niño está retando a los padres para saber hasta donde puede llegar. Si se le aleja del enchufe, el niño vuelve a acercarse, ignorando el aviso. Algunas veces, en este tira y jala, llega incluso a rechazar las cosas que siempre le han gustado. Estas son las ocasiones en las que es necesario adoptar normas cbvcc laras y sencillas para mostrarle que tipos de comportamiento son aceptables y cuáles no lo son.

Pues resulta que Adrián comenzó la escuelita hace un mes. La idea de que esté en la escuelita es que socialice, establezca rutinas, se independice un poco, aprenda conductas y que mamá pueda hacer sus cosas en paz. La primera queja: “Mamá, el nene hace demasiadas perretas, no acepta lo que es un 'NO' por respuesta y reparte fuete a los compañeritos”. Pensamos que al ser nuevo, era parte del proceso de adaptación. Tres días mas tarde, la segunda queja: “Mamá, hay que reforzarle lo que hacemos aquí en la casa porque el niño no quiere hacer las tareas ni recoger los juguetes”. Imagínense Había que pegar unas laminitas y el chico se pegó en la pared con las manos en la espalda y dijo que no.

Obedientemente, le sigo las rutinas en la casa durante el fin de semana y trato lo más que puedo de ayudar, pero no me deja. Me reta, lo tira todo, para completar, aprendió a escupir, a decir: “Uyyy” para asustar y “No es tuyo… dame” para quitarte lo que sea que tengas en la mano. Su pasión es el futbol y dañar los carros haciendo aguaje con el destornillador de papá.

Todo lo que hace papá lo imita. Hace poco, salí en panties a la sala y papá me cogió una nalga. Adrián, salió corriendo de donde estaba e hizo lo mismo que papá, seguido de un: “liiiinnnndooo”. Por poco muero. Sin mencionar que repite todo y que cuando Kenneth saca la basura si no le doy algo para que lo bote, me hace una perreta de dos horas.

Se sigue levantando por las noches. No se cansa de jugar e incitarme a que juegue con él, lo riega todo, se reúsa a recoger, la programación de la tele es única y exclusive a su antojo, no podemos salir a cenar porque no respeta. Si la comida no le gusta la escupe y dice: “Foo”. Si te ve dormido te despierta a propósito y se ríe. Si vas para el baño te persigue.
Si vas al laundry te persigue, si vas al cuarto te persigue, si me hago un dubby (que sí me los hago) quiere los pinches, si me baño se quiere bañar, si como, quiere comer y como todo lo que hago lo imita, hasta tuve que cambiar mis rutinas…

Sólo quería desahogarme, y escribir esta columna, aumento mis niveles de stress. Pero no puedo terminar sin decirles, que me llena de satisfacción saber que tengo un hijo saludable y que va muy bien en su desarrollo. Y que de 8:00 am a 4:00 pm (los días que no trabaje) voy disfrutar mis ratos libres y realizar mis tareas, sin dejar de gritar a los cuatro vientos: Que viva la paz… Que viva

P.D
Hasta fui al gimnasio después de dejarlo en la escuela

1 comentario:

  1. Jaja, me mori de la risa. Y de la mucha razon que tienes. Aunque Adrian es mas tremendito que Blair, te entiendo perfectamente. Muy bien escrito.

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